Segunda Parte

HISTORIA. El Malambo es danza extinta, pero de reciente extinción. El autor alcanzó a verlo, siendo niño, “al natural”, y durante sus viajes de estudio halló en Buenos Aires y Santiago del Estero viejos zapateadores que se avinieron a lucir sus habilidades. Acaso en algún lugar de la campaña, con propósitos de rememoración o a instancia de los modernos tradicionalistas, se enfrenten hoy sobrevivientes danzantes viejos, pero ya no es el Malambo baile actual del repertorio campesino. Su recuerdo se conserva -según mis comprobaciones- en el norte, en el centro y en el sudeste de la República.

Hace pocas décadas fué notable espectáculo. La competencia no se limitaba, a veces, a la simple sucesión o al llano entrecruzamiento de mudanzas. En la región pampeana solían atarse un cuchillo en cada pierna y, en tanto hacían los movimientos, producían acompasados golpes por entrechoque de los cuchillos; otras veces, con el propósito de crearse dificultades, limitaban con cuatro cuchillos —los filos hacia adentro— el pequeño cuadro en que bailaban; o cuatro velas, también limitadoras, iluminaban los movimientos y creaban el compromiso de no apagarlas o derribarlas. El mérito del danzante era mayor si afrontaba el cotejo sin quitarse las espuelas. Estos alardes, eran, comúnmente, propios del Malambo en sucesión. Con frecuencia la competición se producía en forma espontánea, impremeditada, pero no fue rara la justa prevista, organizada, entre los bailarines más famosos. Entonces se estipulaban condiciones, se nombraba un juez, y los partidarios de los malambistas cruzaban apuestas. La forma regular del encuentro consistía en la simple exhibición alternada de mudanzas, pero a veces se convenía en que cada bailarín debía reproducir las mudanzas que le presentaba el contrario.

Fue común en las poblaciones argentinas fronterizas con Bolivia una danza llamada Zapateo que, ocasionalmente, se reducía a la justa de zapateadores. De ordinario fue danza de hombre y mujer, también con zapateos en competencia. Comenzaba con un paso coreográfico que consistía en un par de vueltas o en una travesía con toma de manos al pasar; después zapateaba el hombre y la mujer jaleaba, y a continuación lo contrario; finalmente, a la voz de mando “¡cierren!”, ambos se entregaban al zapateo. Esta última parte tenía, según las reglas, medido término, pero muy a menudo se prolongaba y convertía en un cotejo de resistencia y habilidad. El baile estaba impregnado de la idea de competencia, a tal extremo, que a menudo se planteaba como un desafío entre el hombre y la mujer; y no faltaba el episodio del vaso o copa de chicha que los bailarines se colocaban en la cabeza durante el zapateo, como testimonio de contralor y dominio de los movimientos. Pero lo interesante de esta danza era que, dejando de lado su forma de pareja, se concebía directamente como un torneo entre dos hombres -como hemos dicho-; porque esta característica vincula el Zapateo con el Malambo que, a la luz de la documentación histórica, muchas veces se unifica o confunde con el otro por afinidad, como veremos.

El Zapateo norteño de hombre y mujer, pues, ha sido también justa de varones y, en distintas regiones, con ése o con parecido nombre, se ha realizado la competencia en sucesión y hasta de manera simultánea; por otra parte, con el nombre de Malambo, se ha ejecutado alguna danza de pareja y también el zapateo simultáneo de muchos. Hechos comunes en el mundo de la danza.

Examinemos ahora las menciones históricas del Malambo que hemos hallado en viejos escritos.

Ventura R. Lynch21, autor de un conocido folleto que apareció en 1883, dedica al Malambo ilustrativos párrafos. “Como bailes -escribe- no hay ninguno comparable al Malambo. Es el torneo del gaucho cuando se trata de lucir sus habilidades como danzante.”

“Dos hombres se colocan el uno frente al otro. Las guitarras inundan el rancho de armonías, un gaucho da principio, después para, y sigue su antagonista y así progresivamente; muchas veces la justa dura de 6 á 7 horas. En el Bragado en 1871 vimos un malambo que duró casi toda una noche, constando de setenta y seis figuras diferentes por cada uno de los bailarines.”

“El auditorio está pendiente de los pies de los danzantes que escobillan, zapatean, repican, ora arqueando, inclinando, doblando y cruzando sus pies cuya planta apenas palpita sobre la tierra.”

“Los espectadores aplauden, gritan, se cruzan apuestas a favor de uno y otro y hasta las mujeres y los niños participan del frenético entusiasmo que les comunica aquel precioso vértigo.”

“La música sigue al danzante según su movimiento, aun cuando la primera figura y la segunda son con este compás:” Y aquí da Lynch varios compases de la música.

En uno de los artículos que publicó en 1882, Arturo Berutti4 dice algunas palabras sobre el Malambo: …”que generalmente es bailado por dos hombres que se están disputando la supremacía en la variedad, agilidad, presteza y exactitud de las mudanzas, recibiendo grandes ovaciones por parte de los espectadores, aquél que por su vigor y destreza ha obtenido la gloria del vencedor.”

Por una posta de la provincia de Tucumán, a cuatro leguas del límite con la de Santiago del Estero, pasó en 1863 el Dr. Thomas J. Hutchinson18, cónsul británico en Rosario de Santa Fe, y presenció allí una exhibición del Malambo individual puro. Fué en días de carnaval y había fiesta en la posta. Escribe el cónsul:

“Un arpista estaba tocando y se bailaba cuando nosotros entramos. En la reunión había un individuo del aspecto más grotesco, que bailó por algunas horas el malambo, sin parar ni un momento para descansar, como si hubiera descubierto y estuviera practicando el “movimiento continuo”. Su ropa consistía en una sucia camisa, calzones y un bonete de papel, de payaso, con largas cintas azules que volaban”…

En los populares circos porteños el Malambo fué número de equilibristas, es decir, que al son de su música lo danzaron en la cuerda. El Diario de la tarde anuncia el 19 de noviembre de 1840 que Gervasio Masías “bailará el malambo en carácter de paisano”, y repite el aviso el 9 de agosto de 1839. Una vez, entre otras, …”El beneficiado -que es el mismo Masías- bailará el malambo, representando el carácter de paisano con espuela, chiripá, etc.” el 24 de junio de 1838, según dicho diario, y finalmente, en setiembre 21 de 1837… “El niño Gervasio bailará sobre la maroma el Malambo, con un huevo en la planta de cada pie.”

Una tradición que Manuel Bilbao5 publicó en La Prensa de junio 12 de 1932 y recogió después en su libro de 1934, nos presenta a Juan Manuel de Rosas, comandante de campaña, bailando un Malambo -también personal, sin contrincante- en 1820 durante la fiesta que ofreció el caudillo santafecino Estanislao López en su estancia “Los Cerrillos.” Me informó personalmente el tradicionista que debía la información a varios testigos presenciales. Sin embargo, he hallado en una vieja novelita popular la descripción de la misma escena con palabras semejantes; de modo que, por ahora, el dato quedará en suspenso. Dicho sea de paso, Rosas fué capaz de eso.

En fin, el nombre de la danza aparece vagamente en un capítulo que escribió José Espinosa13, miembro de la expedición que comandó Alejandro Malaspina. La observación es de 1794 y se refiere al “guazo” de la banda oriental del río Uruguay. Dice Espinosa que esos criollos coloniales cantaban “unas raras seguidillas, desentonadas, que llaman de Cadena, o el Perico, o el Mal-Ambo, acompañándolo con una desacordada guitarrilla que siempre es un tiple.”

Nada podemos deducir de esta página, como no sea la existencia de la voz Malambo relacionada con la antigua música rural platense.

Nuestra danza se conoció también en Chile y en Perú, no siempre como baile individual puro o como justa entre dos.

El presbítero Francisco Cavada9 vio un Malambo en Chiloé, provincia del sur de Chile, hace unos cuarenta años, y le dedica en su libro de 1914 el menor número posible de palabras: “El Malambo se baila entre dos y tiene tres vueltas. Es zapateado y escobillado.” A juzgar por el contexto, estos dos bailarines no son dos hombres, como podría parecer, sino hombre y mujer. Tenemos, pues, como en el caso de nuestro Zapateo norteño, la variante de la pareja suelta, pero sin competencia, al parecer.

Pasajera mención merece el Malambo en 1877 al historiador chileno Vicuña Mackenna32; la hizo en sus tiempos de africanista, es decir, cuando postulaba el origen africano de las danzas criollas. Se refiere antes al Negrito y a las Lanchas, bailes peruanos, y dice de ellos que “sobrevivieron a la Colonia, así como el solitario malambo, que parecía un ataque de epilépsis, vino del Africa, donde los negros tienen un dios de ese nombre.”

La palabra “solitario” caracteriza bien la forma individual pura, sin cotejo, y en cuanto al origen africano, se trata de una de las tantas afirmaciones apresuradas que a menudo complementan las observaciones de quienes ignoran dificultades. Es muy probable que la voz “malambo” sea africana; es seguro que los negros tuvieron danzas individuales; pero eso no basta. A lo sumo bastaría para explicar el nombre, no el origen de la danza.

En 1863 el mismo escritor chileno mencionó también el Malambo31. Habla de Diego Portales, el activo estadista trasandino, y se refiere al año 1824 en que regresó del Perú. Dice que, ya repuesto de una desgracia íntima, solía ponerse a bailar la Zamacueca “sin más compañera que la que su recuerdo le pintaba, allá en las saturnales de Malambo, como se llamaba en Lima un baile indígena y a la vez el barrio que nosotros conocemos con el nombre de Chimba de nuestra capital.”

Según Vicuña Mackenna, pues, el Malambo se conoció en el Perú y debe su nombre al barrio limeño; pero él mismo confirma lo que acabamos de decir sobre las afirmaciones apresuradas: en 1877 dice que vino del Africa, y en 1863 anota que es un baile indígena. Como siempre, nosotros extraemos de estas viejas referencias lo poco que generalmente es exacto: la fecha y el lugar en que se conoció la danza. Todos los datos complementarios son y deben ser sometidos a rigurosa crítica.

En fin, el Malambo, danza individual, se bailó en gran parte, de la Argentina; existió en el Perú, donde, seguramente, tomó su nombre, y se conoció en Chile, donde el rótulo se conserva adherido a una danza de pareja. Es lo que podemos decir en cuanto a la difusión de este baile con el nombre de Malambo. Con respecto a danzas individuales de idénticas o parecidas características, hermanas o antecesoras del Malambo, tenemos algo que agregar.

Fuente: Las danzas populares argentinas tomos I , Instituto Nacional de Musicología “Carlos Vega”, Bs. As., 1986.