Max Radiguet

… Se necesita poco tiempo para explorar la ciudad del Callao. [13] Regresábamos después de algunas horas de paseo a la «Fonda de la Marina», donde habíamos elegido domicilio, con esa tristeza, que acompaña ordinariamente, toda curiosidad decepcionada, cuando percibimos un numeroso grupo, que se apretaba a la entrada de una casa de donde escapaba, mezclada a clamores discordantes, el estremecimiento cadencioso de las guitarras. El espectáculo debía ofrecer un serio interés, a juzgar por la actitud de la gente que ocultaba la escena. Todos, el cuello estirado, las narices dilatadas, los labios estremecidos hundían miradas ávidas en un departamento alumbrado no sé por qué luz amarillenta y vacilante. Unos aplaudían con la voz y con el gesto a los actores invisibles; otros lanzaban algunas palabras al concierto vibrante del interior, y todos los rostros, negros como ébano, rojos como el bronce florentino, amarillos como el ámbar, llevaban la ardiente y salvaje expresión de la codicia como una jauría que el chicote del picador, contiene delante de la ralea. Queríamos también nuestra parte de emoción; pero vacilábamos en conquistarla ensayando abrir una brecha en esa muralla viviente. Un arriero, cuyas formas hercúleas, así como su profesión, lo tornaban muy apropiado a ese género de ejercicio, vio nuestro apuro, y se ofreció mediante algunas piezas de monedas, hacer el oficio de «chivo» en nuestra intención. El trato hecho, las cláusulas fueron ejecutadas con una conciencia escrupulosa. Pudimos entonces comprender esa apasionada atención, esos estremecimientos febriles de la asistencia: jamás drama coreográfico alguno, había traducido tan enérgicamente los ardores insensatos del amor, como aquel que se ejecutaba bajo nuestros ojos.
La orquesta, si se puede llamar así, a la fuerza instrumental que lanzaba a los bailarines el movimiento rítmico, se componía de dos guitarras, de las que se hacían vibrar todas las cuerdas a la vez; de una mesa sobre la cual se tamborileaba con los puños; y de un coro de voces discordantes. La acción tenía por intérpretes un negro y una zamba. El hombre, desnudo hasta la cintura, parecía orgulloso de su busto, donde se seguía el juego de sus músculos a través de una piel oscura y lisa, como esas piedras que la mar rueda hacia la ribera. La mujer llevaba un fustán muy adornado y coloreado de rojo y naranja; ella había dejado caer el chal de lana azul que estorbaba su pantomima, y su camisa sin mangas estaba apenas sujeta en los hombros por el lazo mal anudado de un pasador. Habíamos llegado al desenlace de una resbalosa; tal nos pareció [14] al menos, ser el baile ejecutado. Tuvo lugar una pausa, durante la cual, coristas y bailarines pidieron al licor plateado del Pisco, un aumento de energías y nuevas aspiraciones. A una nueva señal de la orquesta, el negro y la zamba se aproximaron y colocados uno frente al otro, tomaron ambos una actitud fieramente provocante de desafío, mientras el coro entonaba la canción siguiente:

«Tú dices que no me quieres;
¿por qué no me quieres di?
Yo dejo de ser querido
sólo por quererte a ti
ahora zamba y cómo no».

La mujer tenía en la mano derecha su pañuelo desplegado al que un gesto circular, imprimía un movimiento de lenta rotación que parecía hacer un llamado a la pareja. Éste, los codos hacia fuera y las manos apretadas sobre las caderas, se aproximó bamboleándose con confianza; la bailarina entonces, con un movimiento lleno de coquetería, comenzó una serie de resbalones y piruetas con la intención evidente de evitar las miradas de su compañero, quien por su parte, se agotaba en vanos esfuerzos para mirarla de frente. Luego cansado de una maniobra estéril, se puso a saltar para su propia satisfacción y simulaba todo el aspecto de la indiferencia. La zamba se le reunió al instante, zapateando con una encantadora seducción; luego retrocedió, volvió aún y reconquistó su prestigio, produciendo tesoros de gracia y flexibilidad. El negro encadenado de nuevo detrás de ella, imitaba lo mejor que podía sus fantásticas evoluciones. Ora ella se mece lentamente como el pájaro que planea y oscila antes de desplomarse; ora ella se agita como el pez que un ruido espanta. Sus movimientos, a veces de una regularidad perfecta, se transformaban de repente, se volvían vivos, desiguales, incomprensibles. A medida que la acción se desarrollaba, los guitarristas rasgueaban sus instrumentos con más furor; el choque cadencioso de los puños hacía estremecer los pomos sobre la mesa sacudida, y la asistencia, a una sola voz, cantaba gritando:

«Quisiera ser como el perro
para amar y no sentir,
el perro como es paciente
todo se le va en dormir;
ahora zamba y cómo no!» [15]

El baile tomó luego, un carácter más vehemente, las piruetas y los resbalones dejaron lugar a gestos apasionados, a posturas lascivas, a imprecaciones más y más ardientes impetuosas. Las miradas de los bailarines, remachadas la una en la otra, se devolvían sus relámpagos; sus rodillas se entrechocaban, sus riñones se estremecían como galvanizados y enérgicas palpitaciones, hacían ondular su pecho. Al fin, un estremecimiento febril, recorrió el cuerpo del negro. Se hubiere dicho que concentraba en una suprema aspiración magnética, todo el poder de su voluntad. La zamba se erguía contra esa llamada fascinadora; pero sus pasos inciertos la volvían a traer hacia aquel que ella quería huir; desmelenada, jadeante, vencida, acabó por caer entre los brazos del negro que la levantó, triunfante y la depositó, medio desmayada, sobre un sofá, en medio de una explosión de aplausos …

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Fuente: Facilitado por la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes