Autor: Federico Oberti

entrada_05El gaucho hizo del chaleco su insuperable prenda de busto, ajustándolo elegantemente al cuerpo, para resguardar el pecho y la espalda. Por él, se desembarazó de las incómodas mangas del saco y de la chaqueta, inapropiadas a las demandas de las ecuestres labores.
La camisa, la portaba con la manga recogida, a la altura del antebrazo. No fue muy apegado a ella, y como el hombre de la fábula, cuando fue muy pobre, casi siempre careció de la misma.
Por sobre todo usó el chaleco, de indudable ascendencia árabe (yelec), por un innato principio de elegancia. Mientras el primero se ajustaba, destacando el busto grueso, el tirador ceñía su cintura, a la vez que los amplios pliegues del chiripá, como un basamento arquitectónico, apenas dejaban entrever los pies, contenidos en blanda rugosidad de sus botas de cuero de vaca o de potro.
Fue en él una prenda, de significativo aliño y recato.
Cuando los rigores invernales le exigían mayor abrigo, sin renunciar a él, se cubrió con él poncho.
En los albores de nuestra ciudad (1658), Alonso Pastor, procurador del vecindario, denunciando al director de la guarnición don Luis de Aresti, el indigente estado de sus habitantes, dice:

“Entre dos mil quinientos hombres y niños y tres mil mujeres, solo diez personas tenían caudal necesario para cubrirse las carnes.”

Sobre sus prendas de busto, no son más auspiciosas las noticias que anota, en 1773, Concolorcorvo:

“Estos gauchos eran unos mozos nacidos en Montevideo y en los vecinos pagos. Mala camisa y peor vestido…”

El sabio español don Félix de Azara los describe de este modo.

“Algunos de ellos no tienen chaleco, ni camisa y calzones, ciñéndose a los riñones solo una prenda que llaman chiripá.”

Frecuentemente, la chaqueta y el chaleco se usaron juntos o separados. La camisa era de cuello volcado, lisa, con puño apretado.
Buenaventura Lynch, testigo personal de fines del siglo pasado, los describe usando ambas prendas a la vez.

“Vestían los gauchos de aquel tiempo una chaqueta corta, larga poco más de la mitad de la espina dorsal, con cuello y solapas, blanca camisa, pañuelo a guisa de ella, chaleco muy abierto y prendido con dos botones casi sobre el esternón, dejando ver los caprichosos buches de la camisa entre él y el ceñidor. Un pantalón hasta las rodillas, muy parecido al de los andaluces, con un entorchado a la altura del bolsillo…”

Sospechamos que Lynch se remonta a una época anterior, porque de lo que aquí se trata es del gaucho de chiripá y botas de potro. La ubicación en el tiempo es también error fundamental en algunos de nuestros autores
Quienes lo vieron por primera vez, cuando aún no se había operado por entero la transformación de su indumentaria, lo describen de este modo:

“Llevaba un calzón tripe azul o colorado, abierto hasta más arriba de medio muslo, que deja lucir el calzoncillo, de cuyo cinto está preso el cuchillo, un armador, una chaqueta un sombrero redondo”. (Espinosa)

Determinados autores extranjeros del primer cuarto del siglo XIX, no hacen mayor diferencia entre “chaqueta y chaleco”, descuido que nos obliga a sospechar de tales versiones, especialmente cuando se intenta confundir lo criollo con lo eminentemente español.

“Visten chaqueta, chiripá y tirador”, o en otra: “una corta chaqueta y un ancho cinto de cuero con carteras completan su vestimenta”. (Robert Elwes)

Otras veces, son los mismos viajeros extranjeros, empeñados en imitar la indumentaria de los gauchos, los que describen su traje de improvisados jinetes:

“Cuando descendí en Paysandú, mi atavío era el siguiente: chaqueta marrón, chaleco blanco”. (Robertson)

Un bello ejemplo de fina adaptación al medio es el que nos ofrece en señorial prestancia el rico hacendado de Santa Fe don Francisco Candioti, descripto por el antes citado viajero inglés.

“Además tenía una chaqueta de la más rica tela de la India, sobre un chaleco de raso blanco qué, como el poncho, era bellamente bordado con botoncitos de oro pendientes de un pequeño eslabón del mismo metal.”

Con respecto a la camisa en particular, en un oficio que don José de San Martín dirige al Cabildo de Mendoza, advierte la desnudez en que se encuentra el ejército que cruzará lo Andes:

“Trescientas sesenta y cuatro camisas de gasa se hallan ya cortadas para el uso del piquete número 8, pero esta buena tropa sufre la desnudez consiguiente a su falta, pues no están aún cosidas, y es imposible el costearlo. Lo hago presente a V. S. para que debido a la necesidad y en obsequio a los defensores del pabellón patrio se sirva excitar la beneficencia magnánima de las señoras para que se encarguen graciosamente de esta costura…”

Los soldados de la patria aún no habían comenzado a usar camisas.
Durante la dictadura de don Juan Manuel de Rosas, el chaleco revistió carácter partidista. Era punzó, como el color de las pasiones que sostenían los dos bandos de encontradas tendencias políticas. Antes y después de aquellos días se usaron chalecos de cotonia amarillo y blanco, de raso negro con flores bordadas, de paño azul, de lanilla punzó, de seda negra, de “mahón”, de lino, de algodón, bayeta, etc.
No era privativo del gaucho. Cuando los hacendados abandonaban la ciudad, para pasar temporadas en sus estancias, preferían el uso de esta prenda; la diferencia estribaba en la calidad de las telas y de los usuarios.
Innumerables son los grabados de fines del último siglo donde se observan a los gauchos trabajando de a pie o de a caballo, vestidos con el recatado chaleco.
Entre los pintores que con mayor gracia han destacado el uso de esta prenda de busto, a principios del siglo pasado, en el auge de los pintores documentales, merecen tomarse como ejemplo y testimonio el cuadro “Gaucho pialando” y “Gaucho con su mujer en ancas”, de Juan León Pallière; y el muy expresivo “El patroncito”, de J. M. Rugendas, que viste elegante chaqueta corta y ajustado chaleco.
Pridiliano Pueyrredón, dueño de amplios recursos, en sus cuadros “Gauchos” y en “Un alto en la pulpería”, se distingue por la variedad de la vestimenta de los dos gauchos de diferente posición económica.
Igualmente son rectores en su traje de épaca los personajes del cuadro “Media caña”, de Carlos E. Pellegrini.
El rioplatense Juan Manuel Blanes se ha mostrado muy inclinado a pintar a sus gauchos con chaleco, muy magníficos todos ellos.
Especialmente lo hace en “Los tres chiripaes”, “Amanecer” y en su displicente y soberbio óleo “El capataz”.
También son ampliamente merecedores de consulta un retrato de Morel a caballo, pintado por F. García del Molino; algunos de los románticos gauchos de Adolfo D’Hastrel y “Gaucho” de Otto Grashof. En nuestros días, resulta ejemplar, para citar solamente al de mayor edad: “Lanzas y guitarras”, del maestro Cesáreo Bernaldo de Quirós, y no lo desmerecen en su documentada y precisa composición folklórica los gauchos de Eleodoro Marenco, especialmente aquel que dedica al príncipe de los gauchos, don Francisco Candioti.
Siempre que el lector no muy avisado necesite hacer una reconstrucción de épocas pasadas, le resultará muy saludable observar la mayor parte de estas pinturas, claro está, cuidando de no tomar prendas muy diferentes, con lo cual correrá el riesgo de obtener una arbitraria y colorida indumentaria.
La relación de todas ellas entre sí ofrecerá en cada caso un correcto sentido de armonía, de seriedad y buen tono, muy sensiblemente desechado cuando se recurre al efectismo teatral.

Fuente: Gran Manual del Folklore. Ediciones Honegger, Bs. As., 1964.